“El accidente que cambió mi vida en prisión” y The Marshall Project

19 de septiembre de 2017


‘The Marshall Project’ es una organización de noticias no partidista y sin ánimo de lucro que busca crear, visualizar y mantener un sentido de urgencia sobre el sistema de justicia criminal de Estados Unidos. Desde 2004, ‘The Marshall Project’ ha dirigido algunos de los mejores informes de justicia penal de toda la web. Sus informes y artículos son algunos de los más recientes y autorizados en materia de justicia penal estadounidense.

 

Una de sus secciones es “Life Inside” en la que se relatan las distintas perspectivas de las personas que trabajan, viven o están de alguna forma relacionadas con el sistema penitenciario. Abogados, reclusos, jueces, víctimas, oficiales de policía y guardias cuentan sus relatos y experiencias respecto al sistema de justicia criminal.

 

Compartimos uno de los relatos de esta sección e invitamos a los lectores del blog a visitar ese sitio web que brinda interesante información sobre el sistema penitenciario en Estados Unidos.

 

“El accidente que cambio mi vida en prisión”.

Un recluso recuerda su vínculo con un empleado de la prisión que fue más que solo “uno de ellos”.

Por: Derek R. Trumbo.

Trabaje para el mismo jefe durante 8 años, lo cual fue bastante tiempo para mantener un trabajo estando en prisión. El día que me contrató, para un trabajo de mantenimiento por el que pagaban a penas $2.00 dólares al día, me dijo, “si no te apareces bien despierto y aseado faltando un cuarto para las 7 cada mañana, de lunes a viernes, mejor ni te molestes en venir”. Y cuando trabajábamos en el techo, o usábamos las escaleras, él decía, “si te caes, date por despedido antes de que alcances a llegar al suelo”.

 

Como el resto del personal en prisión, desde los guardias hasta los trabajadores, las enfermeras y el personal de mantenimiento, mi jefe sabía que se le veía de cierta manera, por gran parte de la población reclusa, como un captor, una figura de autoridad al que se debía tener resentimiento y se debía difamar. Yo mismo, muchas veces vi al personal de la prisión de esa manera, como marionetas azules, clones de policías que esposan, te atan las manos detrás de la espalda, te llevan a prisión y luego te dejan allí hasta que te pudras.

 

Aun, a pesar de que mi jefe y yo no tuvimos un buen comienzo, al pasar de los años mi respeto por él creció y lo empecé a ver más como una persona y menos como una placa. Él no se reía de mi cuando me sorprendía llorando por la pérdida de mi padre, porque él, también, había estado recientemente de luto. En prisión, las lágrimas son una forma de debilidad que invita a la retaliación, pero él lloraba conmigo.

 

En enero, mi jefe, su asistente, mi compañero de trabajo y yo fuimos asignados para una instalación de refuerzo del sistema de sonido para el techo de la prisión. En el exterior, los

los guardias mantenian los ojos encima de nosotros y sobre los grupos de reclusos corriendo en el jardín. Para ese momento, el invierno empezó y los días estaban llenos de tormentas y viento, así que debíamos trabajar rápido.

 

En el techo, el papel de alquitrán debajo de nosotros ya estaba mojado con un poco de bruma, el cielo se tornaba cada vez más nublado y el viento intentaba levantar las herramientas de nuestro agarre. Desde abajo, uno de los asesores nos recordó que fuéramos cuidadosos y mi jefe en forma de chiste le respondío “lo intentaremos”, cual niño prometiendo hacer una tarea. Al final, a todos nos parecio chistoso.

 

La vista desde la azotea de la cárcel era lo más cerca que podría estar de la libertad, al menos en los últimos 11 años desde que llegué aquí. Desde arriba la barda y las mallas eléctricas se veían muy lejos y me pude brevemente convencer de que ya no estaba encerrado en las paredes blancas y los pisos de concreto, podía respirar profundo, tomar cada detalle y pensar más allá de las barreras de la cárcel.

 

Cuando ya estábamos a punto de terminar con la instalación, con mi compañero de trabajo reunimos las herramientas y los matearles, él echo un vistazo hacia atrás al paisaje y resignados bajamos las escaleras hacia el patio.

 

Los siguientes momentos todavía se reproducen en mi mente cada día.

 

Mi compañero de trabajo, mi jefe y su asistente se movieron para cruzar una baranda y como mi jefe, un hombre de 1 metro 70, más o menos, bajaba, miré hacia la barda y pude escuchar a los reclusos gritando “Salta” y los vi lanzando rocas y baterías cuando pensaban que nadie los estaba viendo.

 

Miré hacia arriba justo a tiempo para ver a mi jefe terminar de cruzar la baranda, pero lo oí soltar un grito corto, y vi cuando sus pies golpearon un trozo del papel alquitrán mojado. Cuando intente agarrarlo, su rodilla golpeo con el borde del techo y empezó a caer.

Mi compañero se engancho del cinturón de nuestro jefe en un intento de frenarlo. Su asistente intentó tomarlo por sus pies. Yo, también, me acerque para intentar agarrarlo. Mi jefe cayó sobre la pared. Su cinturón se soltó de los dedos de mi compañero y el intento de su asistente por agarrarlo del pie no funciono del todo, pero logramos atraparlo y sostenerlo durante un tiempo mientras colgaba suspendido en el aire, no obstante, se resbalo de nuestro agarre.

 

Mi compañero rápidamente le grito al asistente de nuestro jefe que llamara a la emergencia médica a través de la radio. Estaba en shock y solo me pude arrodilar a orar.

 

Después de un minuto, me empecé a mover hacia el borde del tejado y miré hacia abajo al hombre que me había contratado y esperaba tanto de mí cuando esperaba poco de mí mismo. Él estaba tirado en el suelo, vivo, pero gravemente herido, tenía algunos dedos, con los que intento agarrarse, y algunas extremidades, torcidas.

 

El primer respondiente lo asistió, hasta que la ambulancia llegó a la escena y nosotros, regresamos a las instalaciones de la cárcel.

 

En prisión, una emergencia médica detiene a todos los presos. Las puertas cierran, las alas se cierran y el tráfico de la radio cesa.  No había mucho que hacer.

 

Así que cuando mi compañero de trabajo y yo regresamos a nuestros dormitorios, las preguntas vinieron rápido:

 

–          ¿Qué paso?

–          Mi jefe se calló del techo.

–          ¿Lo empujaste? Dime que lo empujaste.

–          Él se cayó… no lo pude salvar.

–          ¡Fuck that! ¡Él es uno de ellos!

Entonces, los insultos comenzaron. Era la palabra de mi compañero y la mía en contra del rumor que se estaba esparciendo.

–          ¿Te van a perdonar? ¿Van a liberarte? ¡Claro que no!

–          Debiste haber meado en él, alguien mas dijo.

 

Al final, mi jefe sobrevivió a la caída, pero termino con varios huesos rotos y no pudo trabajar más en la prisión. Él no había sido nada más que bueno para mí.

 

“Yo hubiera hecho lo mismo por ustedes” fue todo lo que pude decir a mis compañeros. La prisión cambia a todos. Algunos pierden la esperanza, mientras que otros pierden la compasión por todos. Pero a veces, la cárcel nos permite ver la vida desde el punto de vista el uno del otro, en nuestra humanidad: una visión que nos eleva lo suficientemente alto sobre ella para ver más allá del vínculo de la cadena, más allá del afilado acero de la línea de la cerca.

 

Aquí el vínculo: https://www.themarshallproject.org/2017/07/20/the-accident-that-changed-my-life-in-prison#.0VUUvqKjp

 

 

 


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