Cárcel y Cultura
14 de junio de 2023

Borges y su inmersión en el Juicio a las Juntas 

Por: Santiago Hinestroza López, estudiante de tercer año de Derecho y monitor del CIPC.

El derecho penal tiene como finalidad el control social. La función punitiva del Estado es una potestad por medio de la cual se prohíben y sancionan determinados comportamientos con ocasión de una infracción a la norma penal; la consecuencia para un individuo que viola una norma que consagra deberes de conducta, es la limitación de sus derechos fundamentales, lo cual no solo exige que el ejercicio de la función punitiva sea racionalizado, sino que se debe garantizar su carácter de mínima intervención y último recurso de protección frente a bienes fundamentales. ¿Pero qué pasa cuando el ejercicio del poder no tiene límites?, ¿cuando la aplicación de la pena es desproporcional al delito?, y los métodos utilizados no respetan la dignidad de la persona humana.  

Borges, después de presenciar el primer juicio oral de su vida, en el año 1985 contra la junta militar argentina, nos dejó algunas reflexiones importantes sobre el sufrimiento, la cárcel, el castigo, los delitos, y el papel paradójico que juegan las leyes frente a aquellos que buscan su protección y fueron sus negadores de ayer.  

Tras escuchar el testimonio de Víctor Melchor Basterra, un hombre que narró de forma desapasionada su martirio a lo largo de cuatro años secuestrado por la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), Borges escribió un breve artículo para la Agencia EFE en el que relató su experiencia ese día: 

Jorge Luis Borges: Lunes 22 de julio de 19851 
 
He asistido, por primera y última vez, a un juicio oral. Un juicio oral a un hombre que había sufrido unos cuatro años de prisión, de azotes, de vejámenes y de cotidiana tortura. Yo esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos. También de la capucha. No había odio en su voz. Bajo el suplicio, había delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas “sesiones” cualquier hombre declara cualquier cosa. Ante el fiscal y ante nosotros, enumeraba con valentía y con precisión los castigos corporales que fueron su pan nuestro de cada día. Doscientas personas lo oíamos, pero sentí que estaba en la cárcel. Lo más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca. De éste o del otro lado de los barrotes siguen estando presos. El encarcelado y el carcelero acaban por ser uno. Stevenson creía que la crueldad es el pecado capital; ejercerlo o sufrirlo es alcanzar una suerte de horrible insensibilidad o inocencia. Los réprobos se confunden con sus demonios, el mártir con el que ha encendido la pira. La cárcel es, de hecho, infinita.  
 
De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre. Llevaron a todos los presos a una sala donde no habían estado nunca. No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (repito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y no ignoraban que los torturarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese infierno y les deseó Feliz Navidad. No era una burla, no era una manifestación de sí mismo, no era un remordimiento. Era, como ya dije, una suerte de inocencia del mal.  
 
¿Qué pensar de todo esto? Yo, personalmente, descreo del libre albedrío. Descreo de castigos y de premios. Descreo del infierno y del cielo. Almafuerte escribió:  
 
 
Somos los anunciados, los previstos,  
Si hay un Dios, si hay un punto Omnisapiente;  
¡Y antes de ser, ya son, en esa Mente,   
Los Judas, los Pilatos y los Cristos! 
 
  
Sin embargo, no juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice.  
 
Es de curiosa observación que los militares, que abolieron el código civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores. No menos admirable es que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de todo peligro a sus negadores de ayer. 

A través de sus observaciones, Borges nos sumerge en el abismo de la tortura y el sufrimiento, revelando las consecuencias devastadoras de un poder desmedido y sin límites. Nos incita a reflexionar sobre la necesidad de garantizar la dignidad humana estableciendo límites claros y controles efectivos sobre el ejercicio del poder estatal; nos invita a cuestionar la eficacia y legitimidad de las penas crueles, recordándonos que la crueldad no solo destruye a quienes la sufren, sino también a quienes la ejercen. 

El texto nos recuerda que la cárcel, más allá de sus muros físicos, puede ser una prisión eterna para aquellos que la experimentan, perpetuando un ciclo de violencia y deshumanización. Nos enfrenta a la necesidad de buscar una justicia que no se base en el sufrimiento y la venganza, sino en la reparación, la reconciliación y la garantía de los derechos fundamentales. 

1 Borges todo el año: Jorge Luis Borges: Lunes 22 de julio de 1985. (2015, julio 22). Borges todo el año. https://borgestodoelanio.blogspot.com/2015/07/jorge-luis-borges-lunes-22-de-julio-de.html 

Mas información: 

El día que Borges asistió al Juicio a las Juntas y sintió que había descendido al peor de los infiernos. (s. f.). infobae. Recuperado 11 de junio de 2023, de https://www.infobae.com/sociedad/2020/07/22/el-dia-que-borges-asistio-al-juicio-a-las-juntas-y-sintio-que-habia-descendido-al-peor-de-los-infiernos/