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30 de septiembre de 2016

Confinamiento solitario: una tortura hecha realidad

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Por: Carlos Gutiérrez - Monitor CIPC

Bastante se ha dicho sobre las cárceles como un mecanismo mucho más humanizado de penalización del delito a través de la historia. Desde la ilustración ya con pensadores como Beccaria o Montesquieu se empezaba a hablar de la tortura como un castigo desproporcionado, arbitrario y despreciable que debía ser abolido como medida de punición. Sin embargo, y a pesar de presuntamente haber adoptado esta postura nuestra actual sociedad, la tortura es una realidad que existe aún hasta nuestros días, y mucho peor, se ha normalizado y legitimado por medio del disfraz que personifican los habituales dispositivos de máxima seguridad en las cárceles, como el aislamiento o confinamiento en solitario.

 

De acuerdo al artículo “Hellhole, The United States holds tens of thousands of inmates in long-term solitary confinement. Is this torture?”[1], está generalizada práctica en los centros penitenciarios de E.E.U.U., ha evidenciado que la sola experiencia del aislamiento resulta ser más perjudicial que cualquier sufrimiento físico.

 

Desde antaño, conocidas investigaciones como la del profesor de psicología Harry Harlow de la Universidad de Wisconsin lo afirman. Estos trabajos plantean que la simple existencia humana requiere siempre de interacción con los demás. Sus experimentos de aislamiento social realizados sobre monos macacos demostraban los serios trastornos mentales que esta experiencia podía llegar a generar. Estos animales presentaban un comportamiento  anormal debido a su peculiar crianza y esta tendencia quedó exacerbada cuando se anuló su capacidad de socializar. El aislamiento los había privado de aptitudes básicas para interactuar con otros individuos de su especie y coexistir en manada.

 

Pero esta experiencia no se ha ceñido exclusivamente a los animales, en los seres humanos también encontramos ejemplos de esto. Casos del diario vivir, como lo son los secuestros y la retención de prisioneros de guerra exponen a extremas experiencias de aislamiento social a innumerables personas. En el artículo se observan nombres como los del periodista norteamericano Terry Anderson, quien estuvo cautivo en el Líbano durante 7 años. Sus captores lo retuvieron en constante aislamiento y solo algunas veces junto con otros rehenes. Víctima de estos suplicios, Anderson empezó a perder la cabeza y a sentir que su mente literalmente “se apagaba”. En una ocasión, sumergido en la demencia empezó a golpear su cabeza contra una pared hasta el punto de sangrar. El contacto con otros rehenes, según él, era la única forma de escapar a esos padecimientos neuróticos.

 

Por parte de los POW, Prisioners of War (Prisioneros de guerra), encontramos el caso de Jhon McCain, quien estuvo preso cinco años y medio en la guerra de Vietnam, y de igual manera soportó los tormentos del aislamiento. Su experiencia no resulta más consoladora. Privado de su libertad sufrió variadas y múltiples torturas, que sumadas a la falta asistencia médica, no significaban nada en comparación con el confinamiento en solitario. Según él mismo, teniendo experiencia en estos temas, prefería cualquier clase de agresión o maltrato físico que la experiencia de ser sustraído enteramente de la interacción social.

 

Keron Fletcher, psiquiatra británico de ex militares, señala que estas personas incluso aún después de su liberación padecen serios trastornos y problemas. Desordenes de sueño, pérdida de apetito y de la noción del tiempo, dificultades en el manejo y control de sus emociones y sensaciones. Los efectos adversos en sus relaciones, trabajos y estudios son solo algunas de las consecuencias.

 

Un dato tan asombroso como espeluznante sobre esta despiadada práctica es que en 1992, cincuenta y siete prisioneros de guerra liberados después de seis meses en los campos de detención de la desaparecida Yugoslavia, fueron examinados por medio de estudios encefalográficos en los cuales se determinó que la exposición al constante aislamiento social generaba alteraciones cerebrales tan nocivas como una propia lesión de trauma cerebral.

 

Pero lo más contradictorio de todo este asunto es que conscientes del atroz perjuicio que este castigo genera, habiéndose aparentemente proscrito la práctica de torturas en nuestra sociedad como medio legítimo de penalización en las cárceles, aún se permite y se legitima la utilización de estos mecanismos para aquellos prisioneros “problema” de los centros penitenciarios. En E.E.U.U. solamente en 2014, se retuvieron entre 80.000 y 100.000 personas en aislamiento en cárceles de máxima seguridad.[2]

 

Lo cierto y desafortunado de estos casos es que la experiencia del este castigo no resulta para nada diferente a la de los secuestro y aprisionamientos de guerra. Craig Haney, psicólogo de la Universidad de California en Santa Cruz, ha estudiado múltiples casos de internos recluidos en estas condiciones. Como resultado de estas penitencias, el investigador encontró que muchos de los prisioneros, después de varios meses de aislamiento, empezaban a perder la habilidad para ejecutar comportamientos de cualquier tipo, de organizar sus vidas alrededor de actividades y propósitos corrientes. El impacto de este sometimiento era tal, que ocasionaba episodios crónicos de depresión, desesperación, apatía, letargo, etc. sumiéndolos, en casos extremos, en un estado de catatonia donde las víctimas literalmente “dejan de comportarse”.

 

Además de esto, el 90% de los prisioneros posee problemas de “ira irracional”, en comparación con tan solo el 3% de la población total. Haney encuentra explicación a esto en la casi nula posibilidad que se tiene de regocijarse con instantes de felicidad. En lugar de esto, se asientan sentimientos de odio, resentimiento y venganza en el recluso.

 

Una de las paradojas más grandes de “la caja” (como coloquialmente se le ha designado al lugar del aislamiento en E.E.U.U.), es que las personas que son subyugadas a esta clase de tortura, pierden la cabeza por la ausencia de interacción, la cual desean e imploran con fervor, sin embargo, una vez la obtienen, se encuentran totalmente incapacitados para ella. Se trata de un problema serio para aquellos internos que, en el mejor de los casos, pueden resistir, pues salen de este suplicio y son puestos de nuevo en contacto, sea con los demás internos o con la sociedad. Y para aquellos más desafortunados que no se adaptan a la sanción, la situación es desoladora, pues no se ha ideado nada mejor que la “grandiosa” solución de retenerlos en tal martirio.

 

En Colombia la situación no es muy distante de la de E.E.U.U., pues aquí también se permite el aislamiento (art. 123 de la ley 65 de 1993) y para ello tenemos las denominadas UTE o Unidades de Tratamiento Especial, conformadas de acuerdo a la Circular 056 de 2007 de la dirección general del INPEC, “…para alojar temporalmente con el objeto de estabilizar a internos con dificultades de carácter sanitario, psicológico o de seguridad…”

 

Si bien en el tema hay casos ejemplares como Inglaterra, donde el enfoque, en lugar de aplicar penas más severas para combatir el desorden y la violencia dentro de las cárceles, ha sido más encaminado a la prevención y resocialización (cambio de patio, por ejemplo) la inclinación actual parece no dar predilección a la disminución de este nocivo castigo. Sin embargo, esperemos que en la sociedad colombiana (también de muy marcado corte punitivista como la norteamericana) y en el mundo en general, no se siga propagando la utilización de este horrida tortura que hace tiempo debió haber desaparecido con la “humanización” de la pena.


[1] GAWANDE, Atul. THE NEW YORKER.“Hellhole, The United States holds tens of thousands of inmates in long-term solitary confinement. Is this torture?”. Annals of Human Rights. Marzo 30 de 2009. Disponible en: http://www.newyorker.com/magazine/2009/03/30/hellhole
[2] Datos del reporte Liman de la Universidad de Yale en 2015.